Encuentro Literario con Jesús Hilario Tundidor

El día 11 de mayo a las 20h. Sala de la Palabra.Teatro Liceo,  tendremos nuestro próximo encuentro con:

Jesús Hilario Tundidor (Zamora, 1935) es un poeta español. Consiguió el premio Adonais en 1962 por Junto a mi silencio.1
Otras obras del autor son Tetraedro (1978), Libro de amor para Salónica (1981), Repaso de un tiempo inmóvil (1982), Lectura de la noche (1993) y Tejedora del azar (Poemas exentos) (1995). Su última publicación, "Un único día", quiere ser, en palabras del autor, su obra definitiva. Las 920 páginas de los dos volúmenes que componen esta edición, recogen la selección y la reescritura de toda la obra de Tundidor como él quiere que sea leída. Cada uno de los dos volúmenes en los que está dividida la edición se corresponden con las dos etapas creativas de su autor a lo largo de su vida.




PREMIOS


Premios al reconocimiento de su obra

  • Premio "San Juan de Baños, 1997", como reconocimiento a su Obra Poética.Valladolid 1997".
  • Premio de la Academia Castellano-leonesa de Poesía 1999, por su trayectoria poética.
  • Premio "León Felipe, 2000", por el valor humano de su poesía en la que conviven los valores étcos y estéticos.
  • Premio de la Asociación Madrileña de Críticos 2006, al mejor libro de Ediciones sobre Arte al poema Fiesa sobre lo azul de J.H.T. y aguafuentes de Francisco Arjona.

Estamos —ha escrito el crítico y poeta Villagrasa— ante un poeta de raza, uno de los más representativos de la lengua española actual, un todo terreno, capaz del mayor simbolismo y de la ácida y certera finura popular.

La obra de Jesús Hilario Tundidor se construye en una producción de eficacia creadora, renovada constantemente en una exigencia de responsabilidad en la palabra, que le ha llevado a la aportación al mundo de nuestra poesía de un pensamiento y una forma original y múltiple dentro de una concepción introspectiva de la realidad. Inteligencia, se- lección, intuición y lenguaje conforman sus poemas que quieren acercarnos a su mundo más permanente y valedero.

La emoción en la reflexividad sentimental, ante el acontecimiento poético, caracteriza la fuerte pasión de una visión particular y de una producción única en intensidad y experiencia múltiple que convierten, cada poema, en una entrega generosa de amor a la vida, a pesar del concepto trágico shakesperiano con que, a veces, se interpreta el desarrollo introspectivo de lo real. Esto hace de su poética una singular perspectiva poética que aúna innovación con clasicismo, pesimismo con esperanza y vitalidad y amor a la vida, con la aceptada desolación que define el corazón del hombre como suceso de conocimiento y de emocionalidad.




Fe más alta

Si regresara ahora
a la ciudad aquella donde un tiempo creciese
¿ cómo encontrar lo mismo
la vida, cómo hallar la niñez, el río, el puente
aquel del miedo, el agua
de la desesperanza? ¿Acaso permanece
igual que en la clausura del recuerdo
la vida allí, si no parada, hermosa? Fuese
niño por cada calle, como entonces,
y quien oiría mi canción, qué gente
me cediera el oído, tal vez la mano para
levantar tanta muerte?
¿Cómo reconocer en cada piedra
de sillería, en cada plaza, en cada torre verde
de cielo y musgo lo que fue perdido, ganado
tan generosamente
solo? Hubiese deseado no estar dentro
ni tener juventud y que ahora fuese
uno más que se acerca y se acostumbra,
hace amistades, bebe
vino de herrero y buena viña pura,
pero no pisa sufrimiento, siente
pena, oye
dolor. Hubiese
preferido también no alzar el ala
de tordo hacia el trigal de mi simiente,
no haber cambiado de camisa como
culebra jornalera. E iría en paz, de frente
lo mismo que la almena baja al río,
sin corazón y en paz…

Sé que no puede
suceder esto, que no todo es en vano
lo que uno en el espacio gana y pierde.
Ligeramente triste
escribí estas palabras, puras si dolorosas, fuertes
si solitarias, acaso repudiando
tanta mentira, tantas verdades inclementes.
¿Qué iba a encontrar
en esta época sorda, en esta oscura fiebre
de la desesperanza? Limpio
volvería a vivir si lo pudiese.
que es inútil, siempre
poco sirvió habitar en la memoria,
ni vuelve el tiempo ni el retorno tiene
cabida en lo vivido. Pero si yo volviese
a mi ciudad, aquella
ciudad mía de tejas hondas y silente
alma, no fuera
un hombre quien entrase, fuera un niño, un niño que aparece
de pronto en una calle con álamos y escudos,
y calla, se sorprende
de estar allí, y escucha a ver la vida, y quiere
que todo siga igual y mira el río.

La tierra que más amo
Esta tierra inmortal, tierra del vino,
tierra del pan, tierra de Campos sola,
otero arriba el mar, la mar, la ola
del cielo azul inmenso sobre el pino.

Otro sueño aún mayor te lleva el sino
y donde el trigo es oro es desconsola
la muerte y es doncella la amapola
enamorada por el sol y el trino.

Barcos de luz y pérgolas de azada
navegan el levante de la aurora
tan silenciosamente acompañada.

Y Antonio y Juan de Yepes y Teresa
bajan de Dios y escriben en la prora
el verso blanco de la luz ilesa.


Adiós los ríos que se van

Adiós los ríos que se van,
las aguas que en canción de madre alzada
llevan hacia otra luz, hacia otros aires,
las vísperas antiguas de las zudas.
Adiós los ríos que se van, las sombras
perdidas en los árboles trenzados,
la soledad de las riberas pobres,
el hondo desaliento de los juncos.
Yo quisiera contar cómo se queda
el ojo estrangulado de los puentes,
las ciudades que socorre el agua,
la lavandera del amor y el verde
pasar del aluvión en la crecida.

Pero el silencio lo contagia el río
y solo ya y sin calles,
triste de amor y viejo de andadura,
he salido a la aceña con el alba
en la frente a ras del sueño
y abro el día y digo
como un envite de la muerte eterna:

Adiós los ríos que se van, bien hayan…